-¿Y con qué ser humano te encontraste?
-Su fanatismo era hablar de mujeres, motos, fútbol, pesca, caza… Hablamos de un montón de cosas. Me contó que había tenido una infancia difícil, porque el padre castigaba a la mamá. Era un militar de carácter muy duro, allegado a Hipólito Yrigoyen. Barreda tenía cuatro medios hermanos por parte del papá y, recién a los 12 años, empezaron a aceptarlo. Su problema había sido la no aceptación por parte de ellos. Otro detalle es que en la secundaria estudió para ser maestro mayor de obra, pese a que no era lo que él quería. Y después de terminar el primer año de arquitectura, se dio cuenta que su vocación era la odontología. Él admiraba a un odontólogo que lo atendía en el Hospital Militar.
-Cuando hablaste con Barreda de los cuatro crímenes, ¿alguna vez lo notaste arrepentido?
–Hablábamos de ese tema y es como que decía que estaba arrepentido, pero de la suegra nunca contestaba. Una vez me dijo que había soñado con las chicas y que estaba todo desarmado; eso era en referencia a que él desarmó todo en la casa después de los cuatro asesinatos. Contaba que ellas lo miraban y no le decían nada.
-A propósito de la casa, ¿cuánto tuvo que ver con la masacre?
-Todo, todo. La casa es la clave de los asesinatos. Ese lugar era un loquero. Así como en el libro hay un capítulo que se llama «No fueron cuatro bultos», porque las mujeres no pudieron defenderse, también hay que decir que ellas tenían la posibilidad de irse de la casa y no lo hicieron. «Un Barreda jamás abandona el barco», decía Ricardo. Es una frase que había heredado del padre. Y ese barco fue la casa. Él soñó con esa casa y todos mantuvieron la fachada de una familia feliz, cuando dentro había un clima hostil.
-Vos decías recién que era un loquero…
-Unos días antes de los asesinatos, Cecilia se estaba mudando a Morón. De hecho, la noche anterior pelearon por una sillita, por una mesita. Y Adriana se casaba el 4 de febrero y tenía pensado irse a la casa de la abuela, cerca de la terminal de micros y trenes de La Plata. Entonces, iban a quedarse Barreda, la esposa y la suegra. Los tres solos, en la casa de la calle 48. Él proponía que las mujeres se fueran a vivir a una casa que tenían en Mar del Plata. Ellas no estaban de acuerdo; querían vender en La Plata y quedarse con la mitad. Para Barreda, esa casa era una obsesión. Incluso, creyó que podía hacer la sucesión y quedarse con la propiedad, que tenía algunos datos llamativos.
-¿Cuáles?
-Antes de que ellos fueran a vivir ahí, había sido la sede del Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia de Buenos Aires. En ese lugar se renovaban los registros de caza y Barreda había obtenido uno en 1967. Es decir, él ya conocía esa casa. Y la escritura, no sé por qué motivo, se terminó firmando el 28 de diciembre: el Día de los Inocentes.
-De las charlas que vos mantuviste con Barreda, en una dice: «No me olviden». Y en otra: «Voy de cabeza al infierno». ¿Vos cómo analizás esas frases?
-Por un lado, él quería perdurar. Como un juego, siempre dije esto: él no quería morirse porque sabía que un montón de gente iba a festejar su muerte. Y después, para otros era un ídolo. Yo no tengo respuestas al «no me olviden». Porque me di cuenta de que no lo terminé de conocer, justamente por esa frase. ¿Era “no me olviden porque soy una víctima que sufrió”? ¿O «no me olviden porque me mandé una cagada y no hagan lo mismo”, como un tipo arrepentido? Es difícil descular el tema, eso lo sabía él nada más.
-¿Y la frase «Voy de cabeza al infierno»?
-Él sabía la cagada que se mandó, porque usó esa palabra. Su primera confesión fue a ‘Pirucha’ Guastavino, la vidente. Fue y le dijo «me mandé una cagada». Pero él la pensó, tenía la coartada estipulada.
-¿Qué hay de cierto en que su deseo era que lo cremaran y esparcieran sus cenizas en la cancha de Estudiantes?
-Un día empezamos a bromear y digo: «Barreda, tanto que insiste con que se va a morir mañana, ¿qué vamos a hacer cuando eso pase?» Le hago una joda y le digo: «¿Qué le gustaría? ¿Tener una plaza, una calle con su nombre?» Porque él pensaba que era un prócer. «¿Y si lo cremamos y tiramos las cenizas en la cancha de Estudiantes?», le planteé. «Ahhh, esa es buena», me respondió. Al final, le dije que había que buscar otro lugar.
-¿Dónde están los restos de Barreda?
-En el cementerio municipal de José C. Paz, con una lápida que le puse yo. Y el camino inminente es la fosa común. Todos los años pago el canon, pero cuando se cumplan los ocho años de su muerte, si no pagás la reducción, el traslado o la cremación, va a la fosa común. Actualmente, la encargada del geriátrico donde falleció figura como ‘familiar a cargo’.
-¿Qué te dejó la experiencia de haberlo conocido y entrevistado?
-Lo que me dejó, y no sólo por Barreda, es que uno nunca va a saber lo que pasa en la intimidad de una familia de las puertas para adentro. Después, Barreda es otro personaje aparte. Llegué a tener buena relación con él, pero desde el primer día fui con algo claro: el tipo mató y fue juzgado. Yo no fui el juez y, si lo hubiese sido, a lo mejor lo mandaba a la silla eléctrica. Pero no había ido para eso. Muchas veces me decía que me quería como un hijo y, cuando me daba la mano, algo sentía, porque sabía que con esa mano había matado a cuatro mujeres.