Advierten que en Formosa hubo una suba de los casos de ansiedad y de cuadros compatibles con el Síndrome de Burnout
La psicóloga Gabriela Soto (MP Nº 736) comentó a que desde su experiencia en el consultorio, este año pudo observar en Formosa a numerosas personas vinculadas principalmente con cuadros de ansiedad

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En diferentes niveles de intensidad y cuadros depresivos, al igual que situaciones de “estrés sostenido, especialmente relacionado con el ámbito laboral”, llegando en algunos casos a casos compatibles con el Síndrome de Burnout.
El Síndrome de Desgaste Profesional o Burnout es un estado de agotamiento mental, emocional y físico que se presenta como resultado de exigencias agobiantes, estrés crónico o insatisfacción laboral. Aunque esta no es una enfermedad en sí misma, se reconoce como el detonante de otros problemas de salud física y mental más graves. Cuando una persona presenta este cuadro, puede sentirse agotada todos los días, tener una actitud cínica, sentirse desmotivado e insatisfecho con su trabajo.
Por su parte, Soto señaló que, en muchos casos, las personas consultan cuando ya llevan un tiempo sosteniendo situaciones de malestar como las descriptas y comienzan a notar que ya no pueden desenvolverse de la misma manera que antes. Por ello, planteó que es fundamental poder identificar esas primeras señales y “no esperar a que el malestar llegue a un nivel de desborde” para consultar a un profesional de la salud mental.
En este sentido, aseveró que existen “pequeñas acciones cotidianas” que pueden funcionar como factores protectores. “Una de ellas y que considero fundamental, es cuidar la higiene del sueño. Cuando una persona comienza a descansar mal de manera sostenida, no solamente se siente más cansada, sino que pueden aparecer dificultades para concentrarse, mayor irritabilidad, baja tolerancia a la frustración, etcétera, interfiriendo progresivamente en distintas áreas de la vida”, detalló.
Asimismo, marcó la relevancia de sostener horarios de sueño relativamente regulares, generar una rutina que favorezca el descanso y evitar que el momento de dormir quede permanentemente desplazado por el trabajo, las obligaciones o el uso de dispositivos.
En paralelo, sugirió mantener algún nivel de actividad física acorde a cada persona, una alimentación adecuada, espacios de disfrute y contacto con otras personas. “Los vínculos y las redes de apoyo cumplen un papel muy importante como factores protectores”, acotó.
Afirmó que otro aspecto fundamental es aprender a “reconocer nuestras propias señales de alerta”, como los cambios sostenidos en el sueño, la irritabilidad, el aislamiento, el agotamiento, la dificultad para concentrarse y la “preocupación constante o sentir que determinadas situaciones empiezan a superar nuestros recursos habituales son señales que tienen que ser escuchadas”.
Para finalizar, subrayó que no hay que naturalizar el malestar. “A veces podemos considerar ‘normal’ vivir con insomnio, ansiedad, irritabilidad, etcétera, especialmente cuando llevamos mucho tiempo funcionando de esa manera. También podemos minimizar lo que nos pasa con frases como ‘Ya se me va a pasar’ y continuar con nuestras actividades. Sin embargo, que una situación sea frecuente no significa que debemos resignarnos a vivir así. No todo lo que nos pasa requiere un diagnóstico, pero tampoco tenemos que esperar a estar desbordados para ocuparnos de nuestra salud. La prevención también consiste en registrar cómo estamos, cuidar nuestros hábitos, apoyarnos en nuestros vínculos y pedir ayuda cuando sentimos que solos ya no estamos pudiendo”, manifestó.
Integrar la atención primaria y la prevención cotidiana
En otro orden, Gabriela Soto expresó su opinión acerca de qué medidas se podrían tomar para integrar la atención primaria y la prevención cotidiana de algunos de los cuadros más comunes de salud mental.
En principio, evaluó que uno de los puntos fundamentales es dejar de pensar la salud mental únicamente desde la enfermedad o desde la aparición de una crisis. “La prevención también implica poder detectar tempranamente determinadas señales de malestar y contar con espacios donde las personas puedan consultar antes de que ese malestar comience a interferir significativamente en su vida cotidiana”, recalcó.
Por ello, recomendó fortalecer la integración de la salud mental en la atención primaria, lo cual implica que los distintos profesionales que tienen un primer contacto con la persona puedan contar con herramientas para reconocer señales de ansiedad, depresión, estrés sostenido, dificultades en el sueño u otras manifestaciones de malestar y realizar una orientación o derivación cuando sea necesario.
“En mi práctica profesional, una parte importante de los pacientes que actualmente atiendo llegó a terapia a partir de una primera consulta médica. Personas que, por ejemplo, presentaban dificultades para dormir, cansancio persistente u otros síntomas y que inicialmente pensaban que podían deberse a una deficiencia vitamínica u otra causa orgánica. En esos casos, los profesionales realizaron primero la evaluación y los estudios médicos correspondientes y cuando se descartó una causa orgánica se produjo la derivación al profesional de psicología”, relató.
Aseguró que este trabajo interdisciplinario es “muy valioso” y que, al menos desde su experiencia en la Provincia de Formosa, actualmente se está dando “de manera bastante positiva”.
“Esto permite que muchas personas puedan acceder a una consulta psicológica a partir de una detección temprana, sin esperar necesariamente a que el malestar se profundice o comience a afectar de manera significativa distintas áreas de su vida”, indicó.
Por último, Soto dijo que la prevención tampoco debería quedar únicamente dentro del Consultorio, y que es necesario incorporar el cuidado de la salud mental a la vida cotidiana, aprendiendo a “reconocer nuestras señales de alerta, cuidar el descanso, trabajar sobre la regulación emocional, sostener vínculos saludables y encontrar espacios de desconexión y disfrute”.
“De esta manera, la atención primaria puede funcionar como una puerta para detectar tempranamente determinadas situaciones, mientras que la prevención cotidiana permite que las personas puedan ocuparse de su bienestar antes de llegar a una situación de desborde. No se trata de patologizar cada malestar sino de darle importancia a aquellas señales que, cuando se sostienen en el tiempo, comienzan a afectar nuestra calidad de vida”, apuntó.








